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La Hermana Adela Batz de Trenquelléon (1789–1828) es una de las grandes figuras de la espiritualidad marianista y cofundadora de las Hijas de María Inmaculada. Nació el 10 de junio de 1789 en el castillo de Trenquelléon, en Francia, en el seno de una familia noble profundamente cristiana. Su infancia estuvo marcada por la Revolución Francesa, situación que obligó a su familia a exiliarse en España y Portugal, experiencia que fortaleció su fe y su amor a la Iglesia. Desde muy joven manifestó un profundo deseo de consagrarse a Dios. A los 15 años organizó una pequeña asociación juvenil con el propósito de vivir la fe de manera comprometida. Más tarde, al entrar en contacto con el Padre Guillermo José Chaminade, encontró orientación para su inquietud misionera. Inspirada por el espíritu mariano, comprendió que su vocación era formar comunidades que vivieran el Evangelio con sencillez, fraternidad y entrega. El 25 de mayo de 1816, en Agen, Francia, junto con el Padre Chaminade, fundó la congregación de las Hijas de María Inmaculada, hoy conocidas como Hermanas Marianistas. Su misión se centró en la educación cristiana, especialmente de niñas y jóvenes, convencida de que la formación integral era el camino para renovar la sociedad desde sus raíces. |
Adela vivió con gran intensidad las virtudes de la humildad, la caridad y la confianza absoluta en María. A pesar de su frágil salud y de las dificultades propias de los inicios de una congregación, mostró firmeza, liderazgo y una profunda vida de oración. Supo unir contemplación y acción, formando religiosas comprometidas con la evangelización y la educación.
Falleció el 10 de enero de 1828, a los 38 años de edad, dejando una obra en expansión y un legado espiritual que continúa vivo en la Familia Marianista alrededor del mundo. Fue beatificada por el Papa Benedicto XVI el 10 de junio de 2018, reconociendo oficialmente la santidad de su vida.
Hoy, en nuestra Unidad Educativa Hermano Miguel, la figura de la Hermana Adela nos inspira a vivir con valentía nuestra fe, a confiar en María y a comprometernos con una educación transformadora. Su ejemplo nos recuerda que la verdadera grandeza no está en los títulos ni en los honores, sino en la entrega generosa al servicio de Dios y de los demás.
Recordarla es renovar nuestro compromiso de formar corazones firmes en la fe, solidarios con el prójimo y dispuestos a construir una sociedad más justa y fraterna, bajo el amparo de María.
